Milei no aplica la teoría liberal pura!
Resumen:
Muchos analistas de afuera describen el programa económico de Milei como si fuera un manual austríaco aplicado línea por línea. Y es cierto que hay elementos de ese mundo: el déficit cero, la obsesión por no emitir, la poda del Estado. Pero esa foto está incompleta. No alcanza para entender lo que está pasando acá, sobre todo si uno vivió en Argentina las últimas décadas.
Hay algo más interesante detrás: una mezcla rara de ortodoxia fiscal, ingeniería institucional y una comprensión bastante fina —y poco académica— de cómo piensan los argentinos cuando hay que elegir entre pesos y dólares. Y esa parte es la que, curiosamente, muchos economistas internacionales pasan por alto.
En la segunda parte del artículo, el alerta para las empresas.
El peso dejó de existir como reserva de valor
En Argentina, la mitad de los libros de economía sirven y la otra mitad no. Por ejemplo: la función más básica de cualquier moneda —ser reserva de valor— acá se rompió hace mucho.
Los argentinos no “creen” en el dólar: dependen del dólar. Es instintivo. Es cultural. Es casi heredado.
Esa dolarización mental hace que el mercado del dólar sea chiquito, histérico y exageradamente sensible a rumores, titulares o un tuit mal puesto. Es un mercado más parecido a un grupo de WhatsApp que a Wall Street. Algo más para Kahneman que para Hayek.
Y Milei entendió eso. O, al menos, no intentó combatirlo.
El bimonetarismo como política, no como fracaso
A diferencia de otros gobiernos, Milei no salió a pelearse con el dólar. Hizo algo casi contracultural: lo aceptó como lo que es para los argentinos —una especie de seguro psicológico— y anunció, desde el primer día, que el sistema sería bimonetario.
Esa sola decisión calmó a mucha gente, aunque nadie lo diga así de simple.
La idea de “no van a venir por mis dólares” cambia comportamientos más rápido que cualquier tasa de interés. Y eso ayudó a desinflar la histeria cambiaria que siempre aparece en períodos de ajuste.
Lo sorprendente —e inédito— es que en plena recesión y con un sinceramiento brutal de precios relativos, el dólar no explotó: se quedó quieto e incluso bajó en algunos tramos.
Ahí hay algo que no entra en ningún manual liberal clásico.
Las bandas de flotación corrigieron un defecto histórico
Argentina siempre manejó el tipo de cambio de dos maneras malas: o lo pisaba hasta que explotaba, o lo soltaba de golpe para que el mercado lo llevara a cualquier lado. Ninguna de esas dos opciones funciona en un país bimonetario y emocionalmente dolarizado.
El esquema actual —flotación sucia, con intervenciones puntuales y bandas amplias— no es heroico ni “teórico”, pero funciona.
No ancla la inflación, pero le saca dramatismo al dólar. Y sólo eso alcanza para desarmar buena parte de las profecías autocumplidas que siempre terminan en corrida.
Ni Mises ni Hayek hablan de eso. Sargent, un poco. Los psicólogos conductuales, bastante más.
Entonces, Milei es un liberal puro?
No. Y eso no es un defecto.
El plan parece más una ingeniería de estabilización pragmática, adaptada a un país con traumas inflacionarios, expectativas rotas y una doble moneda que se volvió cultural, no económica.
Hay rigor fiscal, sí.
Hay cero emisión, sí.
Pero también hay lectura psicológica, manejo institucional y un entendimiento muy argentino del dólar como refugio emocional.
Y mientras tanto… ¿qué hacen las empresas?
Por primera vez en décadas, las empresas argentinas enfrentan un entorno donde la inflación deja de ser la estrategia principal. Ya no se puede “vivir de remarcar” ni licuar salarios o costos financieros. La macro, con todos sus dolores, se está aquietando.
Eso obliga a un cambio de cabeza:
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pensar en costos reales, no nominales;
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mejorar productividad en serio;
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competir por producto y servicio, no por timing de precios;
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planificar a más largo plazo;
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reconstruir equipos sin depender de la licuación salarial.
No hay inflación que tape errores. No hay dólar que salve márgenes. No hay recesión que justifique ineficiencias.
La macro ya hizo su parte.
Ahora empieza la micro, la que las empresas suelen evitar porque es más difícil que remarcar precios.
Fin (Como diría Adorni)
El programa de Milei no es un catecismo liberal. Es un intento de estabilizar una economía con cicatrices profundas, usando herramientas de ortodoxia, pero también intuiciones culturales y ciertos elementos de psicología económica que rara vez aparecen en los papers.
Eso no lo vuelve menos valioso; lo vuelve más realista.
Y para las empresas, el mensaje es simple: La inflación ya no dirige la orquesta, entonces enfocate en la estrategia, si no quedarás afuera.